«Todos somos
Suárez», «Tres millones de mordidas», «Todos a la
plaza», «Todos somos palestinos». Estas son consignas que
circularon en los últimos tiempos. Parecen no estar conectadas entre sí: unas
apelan a un episodio vivido en el reciente Mundial, otras al sangriento
conflicto del Medio Oriente. Sin embargo, tienen en común un mismo aspecto
irritante y alarmante. Apelan a la unanimidad nacional.
Quien no está de acuerdo
con esas consignas, es un antipatria, un reaccionario, un descastado de la
sociedad. O somos todos uno, o algunos quedamos afuera.
Por fortuna la unanimidad
no existe y si bien es posible caer en razonamientos fáciles, seductores y
tramposos, eventualmente la complejidad de los hechos pone las cosas en
perspectiva. Ya está pasando con lo del Mundial. El tiempo y algunos desenlaces
posteriores hicieron ver que las irracionales reacciones iniciales fueron
apresuradas. La víctima con la que había que identificarse dio un gran paso en
su carrera profesional y está ganando bastante más dinero de lo que gana
cualquiera de los que reclamaba una perentoria solidaridad con él.
Lo del Mundial no fue, en
sí, trascendente. Pero dejó en evidencia una relativamente generalizada manera
de encarar los problemas, de negarlos para luego exigir esa inefable
unanimidad. Discrepar estaba prohibido.
Esa misma actitud,
llevada a los dramáticos hechos de Medio Oriente, plantea otro problema. Ahí no
se está ante un deporte sino ante una violenta guerra con sus muertos, heridos
y mutilados.
Y en función de esa
guerra se convoca a la unanimidad: «todos» a la marcha, o a una
concentración, o a un acto a favor de los palestinos. Pero no «todos»
se sienten convocados. Muchos tienen una visión diferente del problema; la
tragedia los conmueve, sí, pero la leen de diferente manera.
El planteo
«unanimista» respecto a esa convocatoria apela al horror de la
guerra, al espanto ante la muerte y sus cifras, al escalofrío que produce ver
niños morir indefensos. Presume ser pacifista, pero toma partido por un único
bando y al hacerlo, deja de ser pacifista y pasa a ser genuinamente bélica.
Parecen llamados a favor de la paz pero son un recurso propagandístico para
lograr adherentes a una causa y contra la otra.
La respuesta militar
israelí a los ataques desde la Franja de Gaza es devastadora. Pero la
consternación que provoca no implica que necesariamente haya que, por esa
razón, sumarse a la causa palestina. En primer lugar, porque no es seguro que
esa sea «la causa» de los palestinos, sino que más bien es la del
grupo terrorista Hamas, que desde su fuerza bruta y su autoritarismo, copó ese
territorio y allí se hace lo que ellos dicen.
Si Israel tiene menos
víctimas es porque su sistema defensivo es mejor. Además de su famoso escudo
antimisiles (o «Iron Dome») que detiene buena parte de los ataques de
Hamas, hay refugios para la población civil. Podrá decirse que Israel tiene más
recursos. Pero Hamas, sin embargo, invirtió mucho dinero no para hacer lo mismo
para su gente sino para construir cientos de sólidos túneles que les permiten
entrar solapadamente en territorio israelí para dar sus golpes. Lo paradójico
es que ese desprecio a la vida de su propia gente convierte a Hamas en víctima
y no en el villano que de verdad es.
Israel, en cambio, cae
siempre en la misma trampa y pierde imagen ante la comunidad internacional, aunque
su pueblo mayoritariamente apoya los ataques de retaliación. No puede quedarse
de brazos cruzados cuando es agredida pero, a la vez, su respuesta a la
agresión es calificada de desmedida o «desproporcionada». Ante ese
drama, no tiene salida.
La paz definitiva parece
muy lejana, pese a que hay planes sensatos ya hechos para ello, que prevén cómo
y dónde deberían funcionar los territorios de un Estado palestino. Pero
mientras Hamas entienda que la única solución es borrar a Israel de la faz de
la tierra y arrojar a los judíos al mar, ninguna negociación es posible. Ante
una consigna irreductible e intransigente, no hay manera de acordar una paz
duradera.
Sin embargo en el mundo,
y también en Uruguay, hay quienes creen que la solución de Hamas es la mejor. Y
ello pese a que la creación de Israel fue resuelta por la ONU en 1947 con el
apoyo de un Uruguay que tuvo un activo papel a favor de esa creación. Si ella
luego generó problemas, en parte se debe a un complejo proceso del cual fueron
cómplices otros países árabes de la región.
Lo llamativo es que las
posturas favorables a Hamas vienen, en general, de la izquierda. O de lo que
solía llamarse izquierda, ya que este conflicto una vez más demuestra que no es
tan fácil cortar las posiciones políticas en izquierda y derecha como se hacía
hace dos décadas.
Tal vez los métodos de
Hamas seduzcan a ciertos sectores. Pero Hamas es un grupo terrorista de
ultraderecha, que pretende crear un Estado autoritario y teocrático y que
predica un antisemitismo feroz, inspirado en teorías no musulmanas sino
europeas, muchas de las cuales calaron hondo a fines del siglo XIX y comienzos
del XX. Para disimularlo, dicen ser antisionistas, como si el sionismo fuera
una nociva corriente ideológica de rancia ultraderecha. No es así, y no lo fue
desde sus orígenes.
Podrá argumentarse que es
de derecha el partido gobernante de Israel y su primer ministro Benjamín
Netanyahu. Pero es de derecha en un país democrático, con elecciones regulares,
Parlamento y Justicia independiente. La única democracia en una región que arde
en llamas y donde diferentes grupos se matan entre sí en cifras mucho más
alarmantes que las de Gaza.
Occidente se ilusionó con
aquellas primeras protestas que terminaron en estas guerras internas. Creyó que
era una «primavera árabe», pero solo hay un infierno que fortalece
las posturas religiosas más radicales decididas a crear califatos medioevales.
Algunos sectores de izquierda tendrían que recordar aquella mentada frase de
Carlos Marx: «La religión es el opio de los pueblos».
Netanyahu está hoy en el
gobierno y mañana puede no estarlo. El pronunciamiento popular en las urnas es
quien determina eso. Y gobierne la izquierda o la derecha en Israel, todos
tienen la obligación prioritaria de defender la seguridad de su pueblo. Por
eso, si bien podrán surgir diferencias sobre cómo enfrentar el conflicto según
quién gobierne, estas no serán tan profundas.
Entonces ante el
conflicto no habrá nunca unanimidad porque no todos creen que hay un único
villano o que ese villano es el que suele señalarse. Si la paz parece lejana es
porque Israel no tiene garantías de vivir tranquilo con sus vecinos. Y no las
tiene porque una organización reaccionaria como Hamas entiende que hay que
arrasar ese país. En ese contexto, habrá treguas y altos al fuego. Pero paz,
nunca.
Mientras tanto, habría
que ser muy prudentes en el uso de ciertos mensajes. Disfrazados de horror
impostado y falso pacifismo, lo que se esconde es el mismo, viejo antisemitismo
de siempre.
El peligro de las «unanimidades» inexistentes
31/Jul/2014
Búsqueda, Tomás Linn